No es como las personas me vean, sino como me ve Dios. Esta reflexión me recuerda que mi valor y mi identidad no dependen de la opinión ajena, sino de la relación personal que tengo con mi Creador. En un mundo donde a menudo se da más importancia a las apariencias y al juicio de los demás, es fundamental mantener el enfoque en lo que realmente importa: el amor y la aceptación divina.
Dios ve más allá de las imperfecciones y limitaciones humanas. Él conoce mis luchas, mis sueños y mis anhelos más profundos. Al entender que su mirada es de amor y compasión, me siento motivado a ser auténtico y a vivir de acuerdo con los principios que Él me ha enseñado.
Esta perspectiva me libera de la presión de complacer a los demás y me permite centrarme en ser la mejor versión de mí mismo, buscando siempre la aprobación de Dios por encima de cualquier otra cosa. Así, mi camino se convierte en una búsqueda constante de crecimiento espiritual y personal, guiado por la fe y la confianza en su plan para mi vida.

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